Recuerdo cuando Nueva York estaba muy lejos. Cuando Nueva York era Jesús Hermida... Desde entonces han pasado muchos años. Y aunque tengo que aceptar que los continentes no se han acercado físicamente, hay más vuelos, yo he crecido y he podido ir unas cuantas veces a la única ciudad de Estados Unidos (y una de las pocas de nuestro primer mundo) que me atrae irrefrenablemente. Lo que tiene de bueno y de malo NY es que nos gusta a todos. A culturetillas y fashionists, a proeuropeos y proamericanos, intrépidos y conservadores, a buscadores de museos y consumistas desmedidos. NY cambia y nosotros cambiamos. Ahora se defiende el Greenwich Village y todavía recuerdo la primera vez que entré en Limelight (que entonces era la discoteca más famosa del mundo). Nos gusta NY con buen tiempo porque puedes disfrutar Central Park, pero aunque sea el sitio dónde he pasado más frío en mi vida, no cambio el encanto de NY nevado. He visitado las Naciones Unidas y el Puente de Brooklyn, pude subir al World Trade Center antes de que desapareciera y he visto el Guggenheim verdadero, el de Wright. Pero ahora ya sé cuál es mi sitio en NYC y no pertenece a las tendencias ni a la arquitectura moderna. El templo de la pintura, el Sancta Sanctorum de la belleza, es un palacete de la 5ª a la altura de Central Park. Alberga la Frick Collection que es la concentración de obras de arte más exquisita que he visto en mi vida. Ahora siempre quiero volver allí.
Ana Ruiz
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