miércoles, 31 de diciembre de 2008

My blueberry nights

DIRECCIÓN: Wong Kar-Wai, Lawrence Block
MÚSICA: Shigeru Umebayashi
FOTOGRAFÍA: Darius Khondji
REPARTO: Norah Jones, Jude Law, Natalie Portman, David Strathairn
COPRODUCCIÓN: Hong Kong-China-Francia



Speaker´s Corner : Eight days a week

“Ocho días a la semana” –decía una canción de los Beatles– “no bastan para mostrarte cuánto me importas”. Cuando escuché por primera vez la noticia de las 60 horas semanales, a pesar de la temperatura ambiente –debía ser verano o, al menos, primavera– miré instintivamente el calendario, convencida de que era 28 de diciembre. Lo digo completamente en serio: a veces los informativos hacen cosas así. Lo primero que hice entonces fue calcular mentalmente si una semana tiene esa cantidad de horas productivas. Sí, me diréis que muchos de nosotros trabajamos sesenta horas y más, que cuando volvemos del trabajo continuamos en casa, estoy de acuerdo. Pero a lo que vamos: una semana de sesenta horas de trabajo nos obliga a estar en activo diez horas diarias, de lunes a sábado. Aquellos que sean creyentes, naturalmente, querrán descansar en domingo (o en sábado, si pertenecen a otro credo). Y los que no, sencillamente, tienen que hacerlo para poder seguir rindiendo. En Madrid, por ejemplo, un porcentaje muy grande de los trabajadores tardan entre cuarenta y cinco minutos y hora y media en llegar hasta su lugar de trabajo, tanto por lo dilatado de las distancias como por los problemas de tráfico o por la mala combinación de transporte público. Los colegios funcionan hasta las cuatro o las cinco de la tarde, y las horas de guardería, que se pagan aparte, casi nunca abarcan la jornada laboral de los padres más el tiempo de desplazamiento. Los maestros y los psicólogos nos dicen que tenemos que pasar más tiempo con nuestros hijos, con nuestras parejas, que debemos ralentizar el ritmo, dormir ocho horas y escucharnos más. En Estados Unidos (donde respetan, en general, los horarios laborales) la cosa está tan mal como para que la gente recurra a fórmulas como los bares para ligar, las citas de ocho minutos para encontrar pareja, y otros inventos marcianos para relacionarse, a falta de lo normal, que es salir de copas cuando acabas de trabajar. España, el país europeo donde más horas se trabaja, es también el país europeo donde menos se rinde. Por no hablar de la alergia que provoca todavía, a muchos empresarios medios, la mención del teletrabajo o los contratos a tiempo parcial: parece que el mejor empleado es el que más horas pasa en la empresa, aunque no sean productivas. Y por no hablar del fenómeno del mileurismo, porque no me quedó claro si teníamos que trabajar sesenta horas a la semana por novecientos euros brutos, pagando cuatrocientos o quinientos de guardería para el crío. Esto no sólo nos aleja de la sociedad del ocio, de la que tanto se hablaba hace unos años, sino que nos convierte en una sociedad mucho más cerrada y egoísta: ¿no es mejor contratar a dos recepcionistas, uno de mañana y otro de tarde, y así damos trabajo a dos personas, al tiempo que cubrimos un horario de servicio más amplio? ¿no es mejor reducir las jornadas y repartir el poco tajo que hay? ¿No hubo, hace no mucho tiempo, una serie de encarnizadas peleas destinadas a mejorar los derechos de los trabajadores? Ahora, con la distancia, estos postulados nos pueden parecer rancios, pero volvamos la mirada atrás y agradezcamos al movimiento sindical (tintes ideológicos aparte) lo que hizo por nosotros. ¿Nos hemos olvidado ya de las estampas de la Revolución Industrial? ¿Nos hemos olvidado ya del sin par Chaplin, girando todavía las tuercas cuando iba caminando por la calle, de vuelta a casa, en Tiempos Modernos? Espero que no. Espero que, al fin, prevalezca la cordura.
Amelia Perez de Villar

martes, 30 de diciembre de 2008

Libro de ciencias

Edición de Eduardo Vilas
451 Editores
262 páginas

La continuidad del libro como cuerpo cierto lleva debatiéndose algún tiempo: una legión de seres prácticos defiende las nuevas tecnologías como soporte más cómodo y, sin duda, con más futuro para esta fuente de sabiduría y de placer, frente a otra, no menos nutrida, de abanderados del libro como objeto. Tal vez por eso, a la par que surgen formas paralelas de difusión, las editoriales siguen cultivando y cuidando el formato con el que hemos crecido la mayoría de nosotros. Muchas editoriales lo saben, pero en esta ocasión me gustaría hablaros de un libro de 451 Editores, al mando de Javier Azpeitia, que dedica una de sus colecciones a recopilar relatos o fragmentos de clásicos, con denominador común, bajo un título significativo. Después del Libro de amor o el Libro de magia y brujas, entre otros, Eduardo Vilas recoge en un volumen bellísimo, titulado Libro de Ciencias, una serie de relatos y fragmentos organizados por temas: Ciencias Formales (Lógica y Matemática), Ciencias Naturales (Astronomía, Biología y Física, entre otras), y Ciencias Sociales (Sociología, Historia o Antopología, por citar alguna). A cada una de ellas corresponde una obra literaria: en Química tenemos un relato de Lovecraft, en Antropología se encuentra el famoso El Matadero del argentino Esteban Echeverría y en Ciencias Políticas un cuento del autor de La Regenta, Leopoldo Alas “Clarín”. Al comenzar cada apartado encontramos una ilustración de algún pintor célebre, maravillosamente reproducida; os cito a algunos: Francis Bacon, Van Gogh, Kandinski, Diego Rivera, William Turner... Todo ello en un papel que es un goce acariciar. Os lo recomiendo porque es un libro de esos que tienen que estar en la estantería, para cuando tenemos un rato de relax reeler a los clásicos (¿qué tal Hermann Melville?) sin los inconvenientes de las ediciones antiguas y para que los más jóvenes se aficionen a ellos. Además, la filosofía integradora de este volumen queda clara en el prólogo de Vilas, que aboga por “la capacidad de abstracción de los hombres sobre el mundo, para nombrar al mundo, ya sean de ciencias o de letras”.
Amelia Perez de Villar

ULM: A pousada do mariñeiro. Redes.

Este lugar en el mundo es un regalo para los lectores de viernes. Pero tenéis que prometer que guardareis el secreto porque tenemos que conseguir mantener el encanto. Debéis dirigiros a poniente hasta que alcanzáis el Campus Stellae. Un poco más allá en lo que ahora llaman la provincia de A Coruña, buscareis la Ría de Ares. ¿Vais por tierra o por mar?. Por mar veréis unas casitas en la costa entre dos playas. Las casas tienen unas escaleras que facilitan el acceso, pero si cogéis la rampa del muelle, llegáis directos a este ULM. Por tierra, hay que buscarlo, debéis seguir las indicaciones que llevan a Redes, un pequeño pueblecito de pescadores. Cuando estéis en el pueblo, seguir la única carretera que lleva al puerto.
Allí hay un bar... bar. Es que no se puede decir nada del bar. Pero cuando hace sol y miras la ría desde la terraza –que no es una terraza, sino unas sillas en el muelle- y los barcos navegando y llegando poco a poco las barcas al pueblo y Pontedeume al fondo y las escaleras de las casitas y la gente del pueblo y las redes y los niños.... Yo siempre pienso que ese es mi lugar en el mundo.
Pero como tengo que ir siempre en invierno, ¡casi nunca lo puedo disfrutar!

El Rey Gaspar

NYC

Recuerdo cuando Nueva York estaba muy lejos. Cuando Nueva York era Jesús Hermida... Desde entonces han pasado muchos años. Y aunque tengo que aceptar que los continentes no se han acercado físicamente, hay más vuelos, yo he crecido y he podido ir unas cuantas veces a la única ciudad de Estados Unidos (y una de las pocas de nuestro primer mundo) que me atrae irrefrenablemente. Lo que tiene de bueno y de malo NY es que nos gusta a todos. A culturetillas y fashionists, a proeuropeos y proamericanos, intrépidos y conservadores, a buscadores de museos y consumistas desmedidos. NY cambia y nosotros cambiamos. Ahora se defiende el Greenwich Village y todavía recuerdo la primera vez que entré en Limelight (que entonces era la discoteca más famosa del mundo). Nos gusta NY con buen tiempo porque puedes disfrutar Central Park, pero aunque sea el sitio dónde he pasado más frío en mi vida, no cambio el encanto de NY nevado. He visitado las Naciones Unidas y el Puente de Brooklyn, pude subir al World Trade Center antes de que desapareciera y he visto el Guggenheim verdadero, el de Wright. Pero ahora ya sé cuál es mi sitio en NYC y no pertenece a las tendencias ni a la arquitectura moderna. El templo de la pintura, el Sancta Sanctorum de la belleza, es un palacete de la 5ª a la altura de Central Park. Alberga la Frick Collection que es la concentración de obras de arte más exquisita que he visto en mi vida. Ahora siempre quiero volver allí.
Ana Ruiz

domingo, 28 de diciembre de 2008

AGENDA

ANNIE LEIBOVITZ: LA VIDA DE UNA FOTOGRÁFA, 1990-2005
National Portrait Londres
Del 16 de octubre de 2008 al 1 de febrero de 2009
Las fotos más insólitas, bellas y emocionantes de la fotógrafa estadounidense Annie Leibovitz (1949) no son las de los personajes famosos que le dieron su reputación, sino las que toma día a día de su familia y amigos. Así queda reflejado en la exposición que acoge la 'National Portrait Gallery' de Londres, en la que artista mezcla retratos de celebridades con instantáneas de su vida cotidiana.
Originales, estéticas, atrevidas e impactantes son las imágenes de los actores, políticos o músicos que la fotógrafa ha captado con su cámara desde 1990 hasta hace tres años; composiciones elaboradas en las que ella entabla una relación muy personal con su modelo. Pero su faceta más humana, su fotografía más natural, espontánea e incluso sorprendente se descubre con las fotos de su gran familia judía: sus hijas -la primera, Sarah, alumbrada a los 51 años, y sus gemelos Samuelle y Susan, de una madre de alquiler- y, sobre todo, de su amante, la escritora Susan Sontag, ya fallecida.

"La vida de una fotógrafa", que ya se exhibió en Nueva York antes de llegar a Europa, no recoge sus primeros trabajos, realizados para la revista musical "Rolling Stone", pero sí incluye muchas instantáneas emblemáticas, algunas de ellas publicadas por "Vanity Fair". Demi Moore embarazada y desnuda. Johnny Depp echado en una cama encima de su novia de entonces, la modelo inglesa Kate Moss, él vestido y ella desnuda. Un retrato del entonces presidente Bill Clinton en la Sala Oval de la Casa Blanca de 1993. Los retratos de la reina Isabel II en Buckingham Palace. No faltan Al Pacino entre luces y sombras, Mick Jagger sentado y solitario sobre una pequeña cama, Cindy Crawford representada como Eva con una serpiente al cuello o un extravagante Brad Pitt con pantalones de leopardo y botas de "cowboy". Más íntima y espontánea es una imagen de Patti Smith con sus dos hijos en un rincón de su casa, entre sus instrumentos musicales y junto a su gato. Intercaladas con estas fotos de gran formato y entablando una cierta tensión, están las del álbum personal de Leibovitz, muchas de ellas de sus padres y hermanos o de sus hijas y, en otro registro de la artista, las que tomó en Sarajevo en pleno asedio serbio, en 1993.

Pero las fotografías más profundas son las que Leibovitz hizo a Sontag en sus últimos días, hasta su muerte por cáncer en el 2004. Sontag aparece en sus buenos momentos -una puesta de sol en Egipto o trabajando en sus libros-, pero sobre todo en los malos, desde que se le diagnostica su enfermedad, cuando es tratada en el hospital, en el momento en que se hace cortar el pelo, y cuando lucha, cuando sufre y cuando muere.

La idea de esta exposición surgió cuando Leibovitz preparaba un libro de su obra en los últimos quince años en el que rinde, por primera vez, homenaje público a Sontag, con quien mantuvo "una historia de amor". Al seleccionar las imágenes para el proyecto -interesante proceso que queda reflejado en una sección de la muestra-, la artista se dio cuenta de que, pese a lo diferentes que son, sus fotografías públicas y privadas tienen un origen común. "No tengo dos vidas. Esto es sólo una vida y tanto mis fotos personales como los encargos son parte de ella", concluyó.



ROTHKO

Tate Modern. Londres

Del 26 de septiembre de 2008 al 1 de febrero de 2009


La Tate Modern londinense ha logrado gestar, en una impresionante retrospectiva un recorrido por la última etapa creativa de Mark Rothko (para muchos, la mejor), gracias a piezas como los murales encargados por el Restaurante Four Seasons para su local en el Edificio Seagram de Nueva York, una parte de ellos donados por el artista a la Tate en 1969 y ahora reunidos, por primera vez en veinte años, con otros procedentes de centros de todo el mundo.

Una colección concebida en serie donde puede apreciarse la fase última de descubrimiento de uno de los principales representantes del expresionismo abstracto, icono pictórico del s.XX, en cuya concepción del arte se alzan, estrechamente imbricados, color y espiritualidad


El auto de los Reyes Magos


Dirección: Ana Zamora
Dirección musical: Alicia Lázaro
Producción: Teatro de La Abadía en coproducción con Nao d’amoresDel 3 de diciembre al 11 de enero

Hay que ser muy valiente para animarse a representar la obra más antigua del teatro español en nuestros días. Pero hay que ser una directora de teatro verdaderamente brillante para conservar la fonética original de los 147 versos del texto hallado en la biblioteca de Toledo, mezclarlo con el Canto de la Sibila, textos de Gonzalo de Berceo y de Alfonso X el Sabio y fascinar al público.
La obra transcurre entre el temor reverencial y la sorpresa ante lo mágico. Entre la paz de la sonrisa de la sibila y el terror de los presagios apocalípticos. Tres magos poco identificables de acuerdo al imaginario actual, pero reconocibles desde nuestros ritos y culturas ancestrales siguen una estrella en el cielo. La fídula, la zanfona y el laúd, las flautas y el orlo, el órgano y la cornamusa, los títeres, nuestra lengua vernácula del siglo XII...; todo ello configura un escenario que nos vincula con nuestras tradiciones y nos recuerda el poder catártico original del teatro que ahora hemos perdido y olvidado.
Nos cuentan el canto de la sibila en latín y nosotros entendemos desde nuestras entrañas el tránsito de la oscuridad a la luz de los ritos ancestrales. La propia dificultad de los textos nos acerca al auténtico misterio de la navidad. Detrás de esta obra hay una labor inmensa de arqueología teatral, pero como dice la directora “ya hay suficiente frivolidad en la calle”. Cuatro actores, cuatro músicos, nuestra cultura, nuestro pasado, los ritos recordados y las liturgias intuidas, las imágenes más evocadoras de Herodes, nuestra música medieval y la sorpresa infantil en la actuación de los magos.
Más que el auto de los reyes magos, yo lo llamaría el tesoro de los reyes magos. Es un privilegio poder asistir a esta obra. Y es una suerte que la nieta del lingüista Alonso Zamora Vicente haya recordado las palabras de su abuelo: “uno se puede morir sin ver el Louvre pero no sin ver el Misteri de Elche”. No sólo es altamente recomendable. Es nuestro teatro en estado puro.
Creo que no llegareis a verla en La Abadía porque las localidades están rifadas pero de ahí se va a Alcalá y a Segovia.


Alcalá de Henares Corral de Comedias 16, 17 y 18 de enero

Segovia Catedral de Segovia 23 y 24 de enero