Apenas habían pasado tres días desde mi llegada cuando me dirigí a tomar el ascensor que me habría de llevar a mi refinado apartamento, en el polvoriento barrio de Centro Habana. 
El ascensor tenía la amplitud de un montacargas, pero el número de ocupantes no podía superar el de cinco personas o el de cuatro personas y una bicicleta. De esa cuenta se ocupaba Margarita que además impedía, con su presencia, que la gente escribiera en las paredes o se orinara en los rincones del ascensor. Margarita se sentaba en un taburete bajo el panel de los botones y los pulsaba a petición de los pasajeros. Por encima de Margarita colgaban suspendidos un ventilador de mesa y un aparato de radio que refrescaban y amenizaban a la vez. Los botones sobrevivientes en aquella época eran 3: el del cuarto, el del quinto y el del noveno. Margarita se encargaba de orientar a las personas que iban a otros pisos, de la mejor opción para llegar a su destino. El ascensor no tenía puertas interiores, y la exterior era deslizada por la correa de una lavadora ya que su repuesto, como el de numerosos productos, dejaron de recibirse en Cuba tras la caída del Muro.
Aquel día Margarita no estaba en el ascensor. Ni su taburete, ni el ventilador, ni la radio. Así que me aventuré a entrar solo y pulsar el nueve, que es la parada más cercana al décimo, donde yo vivía. Cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, dos muchachas aparecieron corriendo desde el fondo del portal. Ambas eran de piel tostada y vestían la clásica indumentaria centro habanera: camiseta de tirantes-cordón de zapato, pantalón corto y sandalias que claqueaban a cada paso. Sortearon las puertas y se metieron de repente en el ascensor.
¿A qué piso? Pregunté. ¿A cuál vas tú? Me contestó la menos alta. Al noveno, respondí de inmediato, no entendiendo en ese momento la explicación de tanta cortesía. Nosotras también.
Al cerrarse las puertas la menos alta me mira y me pregunta. Dime papi, ¿has estado alguna vez con dos mulatas? Yo no dejaba de mirar al frente. Transcurridos unos cinco segundos y sin haber aún pasado el primer piso me di cuenta de la intención de la pregunta. No. Respondí escuetamente sin querer matizar que mis pretensiones más optimistas no iban más allá de estar con una en un día de suerte. Más de un amigo hubiera dado un brazo por vivir ese momento y en cambio yo, de repente me vi reculando hacia el mismo rincón del ascensor que Margarita me había aconsejado desde el primer día no pisar por tener aquella parte del suelo notablemente oxidada.
Vamos papi, insistía la menos alta, tu nos ayudas y nosotras te ayudamos. En ese momento, que coincidió con el paso por el cuarto piso, comprendí al tiempo dos de los conceptos que marcaban y aún marcan la realidad cubana: socialismo y jineterismo.
Javier

El ascensor tenía la amplitud de un montacargas, pero el número de ocupantes no podía superar el de cinco personas o el de cuatro personas y una bicicleta. De esa cuenta se ocupaba Margarita que además impedía, con su presencia, que la gente escribiera en las paredes o se orinara en los rincones del ascensor. Margarita se sentaba en un taburete bajo el panel de los botones y los pulsaba a petición de los pasajeros. Por encima de Margarita colgaban suspendidos un ventilador de mesa y un aparato de radio que refrescaban y amenizaban a la vez. Los botones sobrevivientes en aquella época eran 3: el del cuarto, el del quinto y el del noveno. Margarita se encargaba de orientar a las personas que iban a otros pisos, de la mejor opción para llegar a su destino. El ascensor no tenía puertas interiores, y la exterior era deslizada por la correa de una lavadora ya que su repuesto, como el de numerosos productos, dejaron de recibirse en Cuba tras la caída del Muro.
Aquel día Margarita no estaba en el ascensor. Ni su taburete, ni el ventilador, ni la radio. Así que me aventuré a entrar solo y pulsar el nueve, que es la parada más cercana al décimo, donde yo vivía. Cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, dos muchachas aparecieron corriendo desde el fondo del portal. Ambas eran de piel tostada y vestían la clásica indumentaria centro habanera: camiseta de tirantes-cordón de zapato, pantalón corto y sandalias que claqueaban a cada paso. Sortearon las puertas y se metieron de repente en el ascensor.
¿A qué piso? Pregunté. ¿A cuál vas tú? Me contestó la menos alta. Al noveno, respondí de inmediato, no entendiendo en ese momento la explicación de tanta cortesía. Nosotras también.
Al cerrarse las puertas la menos alta me mira y me pregunta. Dime papi, ¿has estado alguna vez con dos mulatas? Yo no dejaba de mirar al frente. Transcurridos unos cinco segundos y sin haber aún pasado el primer piso me di cuenta de la intención de la pregunta. No. Respondí escuetamente sin querer matizar que mis pretensiones más optimistas no iban más allá de estar con una en un día de suerte. Más de un amigo hubiera dado un brazo por vivir ese momento y en cambio yo, de repente me vi reculando hacia el mismo rincón del ascensor que Margarita me había aconsejado desde el primer día no pisar por tener aquella parte del suelo notablemente oxidada.
Vamos papi, insistía la menos alta, tu nos ayudas y nosotras te ayudamos. En ese momento, que coincidió con el paso por el cuarto piso, comprendí al tiempo dos de los conceptos que marcaban y aún marcan la realidad cubana: socialismo y jineterismo.
Javier





